2007/01/22

Spaßverderber - Aguando la fiesta

Ich bedauere meine angenehme Erzählung des Reises nach Barcelona mit so eine trockene Anekdote zu unterbrechen, aber ich brauche sofort der Gift raus zu schmeißen, der in mir bleibt. Ich werde an eine entgültige Übersetzung arbeiten, damit alle bekommen worüber es sich handelte. Danke.

Lamento interrumpir el relato del descanso y tan gratos encuentros y momentos en Barcelona
para relacionar una incómoda y triste anécdota que no me dejó dormir y me sigue horadando el alma. Gracias por su comprensión.

Todo lo del pobre es robado

Este es un viejo refrán colombiano, si no de la porción del planeta que habla español, que denota la duda que yace en toda posesión que, a los ojos del público promedio plagado de prejuicios y carente de la suficiente formación y educación para mantenerse inmune o curarse de ese mal, no corresponde a la persona que la ostenta.

Para la situación que voy a narrar pido a los lectores que cambien el adjetivo pobre por extranjero.

Es domingo en la tarde y voy por la ciudad en Mi bicicleta, camino a encontrarme con el diseñador japonés Tsuyoshi Ogihara, para visitar algunos trabajos de los Passagen en las últimas horas de su edición de este año.

A la altura de la Aachener Straße, yendo por la Brüsseler Str hacia Friesenplatz donde nos citamos con Ogihara que venía de la feria del mueble, alcanzo a percibir el frente de un carro que intenta, a mi parecer, cruzar a la derecha para tomar la Aachener, lo que lo haría quedar en peligrosa contravía. Yo, ciudadano comprometido, le indico con un gesto que la vía es de una sola dirección y que debe seguir derecho, o cruzar a la izquierda, las dos posibilidades que en ese cruce se presentan. Sigo por la Aachener hacia Rudolfplatz y veo de nuevo el BMW combi [station wagon, el modelo familiar tipo] plateado, parado justo sobre la vía para las bicicletas, claramente demarcada en rojo cruzando la Flandriche Straße y pienso, inocente, "no deben ser de Colonia y buscan alguna dirección; por eso paran de manera equivocada sobre la ruta de los ciclistas."
Pero cuando iba pasando frente al carro, con el semáforo en verde, la mujer trata de abrir la ventana con un gesto de urgencia y, a su vez el hombre, que va al volante, abre la puerta y me dice "¿puedes parar?" Yo lo hago, en pleno cruce, pensando que me van a preguntar alguna dirección y el hombre sigue: "es que creo que esa es la bicicleta de mi esposa, y estamos llamando a la policía."

Paro diciendo "llame a quien quiera y revise la bici todo lo que quiera, no tengo ningún problema."

Los dos se dedican, dejando a su pequeña bebé en la parte trasera del carro, que está encendido y mal estacionado, a recuperar convencidos su pérdida en el objeto equivocado. La mujer apenas argumenta, "es una Univega Islander, es la mía, me la robaron hace dos semanas". Yo, estupefacto, todavía anestesiado por la absurdidad de la situación, le pregunto cuántas bicicletas de ese modelo llega a estimar que pueden haber sido vendidas y cómo puede ella suponer que justo en la que yo voy sea la suya. "Imagínese, es como si le digo yo, "pare un momento, creo que esa que lleva usted es mi chaqueta"–le digo. Y paciente añado: "por suerte tengo tiempo, así que cerciórese cuanto le plazca".

En mi extremada amabilidad, cuento que lamento lo que les ha ocurrido, que tengo una amiga española que ha comprado cuatro bicicletas es menos de medio año, y se las han robado una tras otra, que es una pena que sea lo único –o lo que más, en todo caso– que roban en Colonia.
El tipo cuelga el teléfono diciendo que "cree" que la situación ya se ha aclarado, que no hace falta que la policía venga.
Entre ellos dicen, como otorgándome la virtud de la invisibilidad, haciéndome prodigiosamente ausente, "no estoy tan seguro de que sea la tuya", y ella, "yo tampoco, pero tampoco estoy completamente convencida". Les recuerdo que sigo ahí de cuerpo presente, diciendo: "¡Pues a mi no me cabe la menor duda de que NO es su bicicleta, y por ende completamente seguro de que es MÍA!" Y derrochando todavía amabilidad, "puedo comprobar el origen de esta bici, si todavía le parece necesario". El tipo al fin dice que ya está, que se han equivocado y que "perdone el inconveniente". Yo ya no tengo más qué decir, sólo sigo mi camino.

Para ellos tal vez la situación se acaba allí. Pero a mi se me cagaron el domingo. Todavía hoy lunes me sabe el veneno en la boca.

"El hombre es bueno y la sociedad lo corrompe", aprendimos desde niños. Pero sólo con los años y con experiencias como esta comprende uno el sentido profundo y práctico de la frase. Se va uno secando, haciendo árido, tornándose desconfiado y receloso ante cualquier abordaje de un desconocido.

Estas situaciones reflejan claramente la bajísima cultura social del alemán promedio, la fuerte carga de prejuicios de una mediocre clase proveniente de una educación precaria, justificada y oculta de manera conveniente por una élite científica minoritaria que mantiene a todos convencidos de lo avanzados e inteligentes que son, cuando en lo cotidiano se prueban cada vez más ignorantes.

Gestos como este son, además manifiestas acciones fascistas y racistas. Y no estamos hablando de una bicicleta de más de 150€, lo que hace el gesto de mediocridad aún mayor: no hablamos de una pieza de colección, de una serie limitada o un diseño exclusivo. Qué pueden decir entonces si, para su desgracia, ven a un extranjero que se permite una bicicleta más costosa, o ropa de diseñador, un buen carro, cualquier objeto de status.

Por eso insisto, como decido cambiar el viejo refrán que "todo lo del extranjero es robado".
Porque me pregunto, ¿se habrían comportado igual si hubieran visto a alguien diferente en una bicicleta igual a la que un día les robaran? ¿También lo habrían detenido en plena calle, como entiendo que constitucionalmente se prohibe, diciéndole además que están llamando a la policía?
Porque entiéndanme bien, no se trató de aclarar amablemente una duda, por si acaso llevara a establecer una posibilidad, sino una intimidación directa argumentando la presencia de las autoridades, asumiendo de entrada que soy un ladrón de bicicletas. ¿De verdad es lo que aparento? ¿Es lo que la gente ve en mi? Ese es, claro, en caso que eso aparente, problema de los demás.

Calumnia, difamación, falsa acusación, fascismo, racismo. Los abogados sabrán mucho mejor qué más puedo yo demandar por el trato que recibí.

Si el día que mi esposa encontró reducida a la inutilidad su bicicleta en el sitio donde acostumbra parquearla, ella se hubiera atrevido a acusar a quienes sabe fueron los vándalos, [rubios fornidos y altos] alcohólicos y adictos, víctimas también de ese mismo sistema que nos agrede como visitantes de un país que no se ha curado de lo sufrido y que recae en todos sus vicios y prejuicios, no quiero imaginar las consecuencias. Seguramente se le juzgaría de levantar falsos testimonios contra personas que, además, merecen trato especial porque, "están enfermos", no son responsables de sus actos, sumidos en sus viajes de licor barato y drogas que compran con dinero que le damos todos nosotros los contribuyentes, o de metadona suministrada por el mismo gobierno como solución a su problema.
Ellos, que destrozan lo que no pueden robar para conseguir más heroína, gozan de más consideración que un morenito bajito, siempre sospechoso de lo que haga falta serlo.
Ellos permanecen ahí todo el tiempo y se les ha visto destruyendo bienes ajenos. Pero le preguntarían: "¿Usted los vio? ¿Puede sostenerlo y demandar?"

Esta gente que me detuvo blandiendo su legítimo derecho a proteger y recuperar su propiedad, no se pregunta ni un instante por qué no tendría derecho un profesional con dos títulos, que habla cuatro idiomas y que además puede ser tenido por tonto sólo por ser tan amable, a tener también una bicicleta, repito, común y corriente: tengo, gracias a mi gusto por las bicicletas, algunas que cuestan bastante más que esta del impasse. Tampoco se cuestionan el sentimiento que me quedó taladrando el cerebro y más hondo, el corazón. La rabia y la lástima que me despierta este pobre pueblo donde, es verdad, yo decidí venir, pero que no me puede pasar tales cuentas, que no me puede cobrar ese precio. Ya lo que hago les sirve y enriquece lo suficiente. No debería decirlo, pero en ocasiones así hace falta recordarle al anfitrión lo buen visitante que soy y que mi compromiso supera el de muchos nativos.

Y de inmediato pienso que esta protesta no va dirigida a todas esas personas que saben vivir en comunidad, que se ocupan del importante tema de la integración y de erradicar este tipo de abusos, falta de respeto y atrevida ignorancia.
No es su culpa, y mi queja no va contra ellos.
Pero, a fin de cuentas, tengo que dirigirme a esta gente que trabaja en esta reflexión porque me acude la certeza de que quienes me hicieron esto ni siquiera sepan leer.

Kommentare:

Anonym hat gesagt…

Oliver, lo que te pasa es que eres demasiado bueno. Yo en tu caso hubiese sacado mi celular (creo que tienes uno) y les hubiese dicho: "Ah, pues yo también voy a llamar a la policía, para que vengan a explicarme por qué dos desconocidos me detienen y me acusan de haberle robado la bicicleta a uno de ellos". Y marcaría el número de la Polizei y pediría que me comunicasen con el carropatrulla más cerca, porque dos desconocidos, la chapa de cuyo carro es (aquí el número de la chapa), me quieren quitar mi bicicleta alegando que es suya. Tengo la impresión de que no te hubiesen dejado terminar, hubiesen puesto pies en polvorosa. Y por lo demás, está bien que hayas escrito el texto, porque escribir cosas así es catártico, y es bueno además que hayas dejado en claro al final que los alemanes no son todos así.

Ricardo Bada

VILLAMIX hat gesagt…

Como sumercé sabe no suelo ser muy diplomático en estos casos, siendo aún mas claro, cuadno se hizo la repartición de prudencia y diplomacia yo no estuve presente, es por eso que le expreso todo mi apoyo y me atrevo a expresar algo que sumerce quizá lleva en su corazón pero que las virtudes antes descritas no se lo permitieron hacer: POBRES HIJOS DE PUTA, he dicho. y que pena con los lectores.

Oliver Plata hat gesagt…

Sí: esa y muchas otras posibles acciones, reacciones o reflejos se me ocurrieron después del noveno buche de hiel. Es decir, demasiado tarde. Pero es que lo inesperado de la situación me dejó simplemente desarmado.
En fin la hijueputez lleva logrado hace siglos lo que ahora intenta sin vano efecto la tan mentada globalización: en todas partes, en cualquier idioma, de cualquier color y talla, hay no pocos de sus representantes. Es una diáspora espontánea, no provocada, como las que conocemos en la Historia, y más antigua que esta misma.
Lo importante es no perder la escencia, al cabo los demás tampoco van a dejar de ser lo que son.